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Cuento: La madre espera  

Ghada E. Martínez | 14.06.2019
Cuento: La madre espera  
Este mes empieza el verano y, con él, los días más largos y más horas que dedicar a la lectura de buenas historias. Por ello hemos preparado una selección de cuentos que ofrecen una oportunidad de vivir otras vidas y adentrarse en otros mundos. La lista de autores es ecléctica porque elegimos a narradores natos, auténticos cuentacuentos. Que sirva esta advertencia.

La niña camina por los pasillos del supermercado pero no encuentra a nadie. Los estantes están vacíos, las lámparas se balancean y la luz titila. Es de noche, no se escucha nada más que el golpeteo de sus pasitos apresurados. Continúa buscando sin encontrar, ahora por un callejón oscuro, frío. Siente el latido de su corazón en los oídos. Quiere gritar pero no puede porque tiene la voz congelada. Corre y avanza por la callejuela que parece interminable hasta que a lo lejos ve un farol. Cuando está lo suficientemente cerca distingue la silueta de su madre bajo el chorro de luz amarilla. Está de espaldas. La niña suspira de alivio y corre hacia ella, pero antes de que pueda rozar una de las manos de su madre, ésta se voltea y la mira como si no la reconociera. Después se parte a la mitad como un aguacate, incluso puede verse el hueso café y redondo en el vientre de una de las mitades. Las partes del cascarón de la madre quedan balancéandose en el suelo como dos pequeñas cunas. Por fin consigue gritar. Se levanta y corre a la habitación contigua para zambullirse en la cama de su madre, que se revuelve y le hace un lugar a su lado. Shhhhhh, no pasa nada, aquí estoy. La madre la abraza, le acaricia la espalda que sube y baja con sollozos entrecortados, y le besa el cabello. Poco a poco, la niña se tranquiliza y comienza a dormirse de nuevo. Shhhhhh. Aquí estoy.

***

Las nubes se cierran sobre la ciudad y el olor a lluvia se mezcla con el de la basura acumulada en las banquetas. Lidia camina lo más rápido que puede evitando los charcos de agua sucia, el viento le zumba en los oídos. Es tarde. La pintura descarapelada de las fachadas y el grafiti de los portones desfilan frente a ella, el sonido de sus zapatos sobre el asfalto y su respiración agitada son segunderos apresurados. Su teléfono no deja de sonar, la madre sabe dónde está, pero quiere confirmar. Lidia está molesta, pero sabe que es mejor que todas porque se lo han dicho siempre y no hace falta ponerlo a prueba. Los tontos son ellos por no haberla contratado. Se ajusta los anteojos que se le resbalan constantemente de la nariz y se acomoda el portafolio bajo el brazo. Observa por el rabillo del ojo las luces que se encienden poco a poco en las avenidas que va dejando atrás. Casi oscurece e intenta ganarle la carrera a la lluvia y al regaño de la madre. Al llegar se detiene frente a la puerta del departamento; se alisa las arrugas de la ropa y se pasa la mano por el cabello recogido para aplacar cualquier mechón fuera de lugar. Mete la llave en la cerradura y entra sin hacer ruido. La televisión está encendida y la madre en el sillón con una taza en la mano. Lidia se acerca despacio y busca sus ojos, ella la mira un instante y vuelve a concentrarse en la pantalla. La mesa está puesta, la comida fría. Es tarde. ¿Dónde estabas?

Lidia se sienta a la mesa y empieza a comer. El caldo tiene una capa de grasa gelatinosa encima, la carne está dura, las papas aguadas. La madre repite la pregunta y Lidia responde con un hilo de voz que se distrajo en el camino de regreso, después elogia la comida. La madre se levanta del sillón, se acerca y le acaricia la cabeza. Son las nueve de la noche. Pudo haberle dado un ataque de nervios por la preocupación y se pasó toda la tarde cocinando. Además no contestaba el teléfono. ¿Y si hubiera sido una emergencia?, ¿y si le hubiera dado un infarto? Debe ser más considerada. Es muy distraída, no entiende que las calles son peligrosas. ¿Te lo dieron? La hija niega con la cabeza y no menciona que tras cinco o seis minutos de entrevista la despidieron con un te llamamos. Le dieron el puesto a alguien más. A una más joven, más guapa, con medias y tacones. La madre suspira, recoge los platos de la mesa y tira la comida a la basura. La hija es muy desconsiderada. La madre se encierra en su habitación y Lidia se dirige a la suya para echarse en la cama. Su puerta no tiene cerrojo. Después de un rato se levanta sin hacer ruido y pega una oreja a la pared para escuchar los ronquidos apagados de la madre.

Lidia arrastra con cuidado un banquito de madera y se sube en él para alcanzar la parte más alta del armario. Revuelve hasta que encuentra una caja que toma con cuidado. Se sienta sobre el edredón rosa y esparce sus tesoros en la cama. Dos botellitas de perfume, cuatro anillos con piedras engarzadas, un par de stilettosnuevos envueltos en papel de China, una cajita con sus ahorros y labiales de todos los colores: bermellón, granate, jade, cobalto, malva, cian, cerúleo, ámbar, púrpura, dorado, marrón, escarlata; todos sin usar. Cada cierto tiempo aguanta la respiración y se queda muy quieta para escuchar cualquier movimiento de su madre. Luego recorre los empaques lujosos con cuidado y huele cada objeto. Ahora que ya no tiene trabajo no puede permitirse los labiales. Le urge encontrar algo. Guarda sus cosas de nuevo y tiene el cuidado de esconder bien la caja entre su ropa. La vanidad de Lidia irrita a la madre como ninguna otra cosa. Apaga la luz, se echa en la cama y se queda dormida arrullada por los ronquidos de la madre.

Al día siguiente la humedad de una mancha de saliva sobre su almohada la despierta. Son las siete de la mañana y tiene programada otra entrevista de trabajo a las diez. Es martes y por eso está de buenas. Se revuelve entre las sábanas y escucha a la madre dar vueltas en la cocina. El tintineo de los cubiertos y el chisporroteo del aceite en el sartén terminan por despertarla. Se levanta y se mete a bañar; se frota con jabón todo el cuerpo minuciosamente, cada pliegue, cada curva. Al salir se pone una camisa blanca y el pantalón de vestir perfectamente planchado que la madre le ha dejado sobre la cama. El desayuno está listo: el pan crujiente con mantequilla, el café negro y humeante como le gusta. La madre la mira mientras desayuna y le arregla el cuello de la camisa. Después la recorre de arriba abajo con la mirada. La hija se concentra en la sala mientras la madre inspecciona: las repisas que acumulan polvo, el piano que la madre hubiera querido que aprendiera a tocar, un juego de té despostillado. La madre le acaricia una mejilla con sus dedos artríticos. No te distraigas en el camino de regreso.

Lidia sale de su casa en dirección a la preparatoria donde va a pedir trabajo. Camina mirando su reflejo en cada escaparate que pasa: el cabello opaco, las arrugas alrededor de los ojos, la grasa acumulada en los muslos, sus senos firmes. Al llegar a la escuela se detiene en la entrada, insegura. Varios estudiantes entran y salen constantemente; unos compran comida en los puestos callejeros, otros fuman recargados en la pared, varios se ríen a carcajadas. Abundan pantalones rotos, mechones teñidos y manchas de delineador negro bajo los ojos. Lidia se fija en dos chicas que caminan hacia la entrada y las observa con desdén: la piel brillante, las sonrisas amplias y despreocupadas. Una de ellas lleva unos shorts encima de un par de medias de red, la otra una falda de flores corta. Sus piernas largas; tersas.

***

La madre todavía no despierta, así que Lidia tiene algunos minutos para contemplarse en el espejo. Se desnuda y no le gusta lo que ve: las caderas cada vez más prominentes, los senos pequeños y puntiagudos, las piernas cubiertas por una capa de vello delgado, oscuro. Recorre con las manos todo su cuerpo y se mira desde varios ángulos. Salta al escuchar un sonido en la habitación de al lado y se viste lo más rápido que puede. Acaricia la tela de la falda negra que descansa sobre la cama. Karen se la prestó al enterarse de que ella no tenía ni una sola falda o vestido, sólo los pantalones aguados que llevaba a la escuela todos los días. Habían quedado de saltarse las clases e ir a casa de un amigo a beber y a pasar el rato. Lidia quería aprovechar para cambiar un poco de estilo. Le gustaba el de su amiga: ropa negra ajustada, delineador de ojos y los labios de un color distinto cada día: azul oscuro, magenta, negro, esmeralda.

Esconde la falda debajo de su cama y saca el rastrillo que robó del tocador de su madre, se mete a bañar y se quita el vello del cuerpo lo mejor que puede. Luego de unos minutos, la madre entra a orinar. Al salir, Lidia se viste y guarda la falda en su mochila. Madre e hija desayunan juntas. Lidia intenta platicar con su madre pero ésta sólo gruñe y se concentra en su plato. Antes de irse a la escuela, la madre le devuelve el rastrillo lleno de vello que dejó en el baño. Se te olvidó. Lidia siente cómo se le enciende la cara. Se dirige hacia la puerta sin mirar a la madre. ¿A quién vas a ir a ver?Lidia se quiere morir. La niña no se habría depilado si no quisiera enseñarle las piernas a alguien, a un hombre. Al llegar a la escuela, Lidia le devuelve la falda a Karen y le dice que no piensa saltarse ninguna clase.

***

La entrevista fue bien. Le pidieron dar una clase muestra y lo hizo con soltura. Al salir, el hombre que la entrevistó le dio la mano y le dijo que le gustaría que comenzara cuanto antes con un grupo de segundo. Lidia se dirige hacia su casa, pero cinco calles antes de llegar se desvía para detenerse frente al escaparate de una sex shop. Observa la ropa interior de encaje, los vibradores y algunos arneses. Hace una mueca que podría ser de desprecio o de fastidio. Su teléfono comienza a vibrar y lo saca del bolsillo: tres llamadas perdidas de casa. Lo vuelve a guardar y retoma su camino. ¿Cómo te fue?La madre sabía que se lo iban a dar porque la hija está bien preparada y es muy profesional. Ahora van a tener más dinero para sus medicinas y para los paseos dominicales.

Como la madre sabía que le iba a ir bien, preparó pasta, la favorita de Lidia. Comen juntas y la hija le cuenta todos los detalles, que entrevistaron a varias personas, que había algunas mujeres vulgares con mucho maquillaje, que el coordinador elogió su dedicación. Cuando terminan de comer, la madre se retira para dormir la siesta y Lidia dice que hará lo mismo porque tiene que descansar para iniciar con pie derecho su primer día de clases. Al escuchar la puerta del cuarto de su madre cerrarse, Lidia cierra la suya y bloquea la entrada con una silla. Revuelve entre su ropa, saca la caja del armario y apila todas sus cosas en la cama. También saca un sostén con relleno, una falda negra que le llega a la mitad de los muslos y una blusa con escote que se adhiere a su vientre abultado.

Después de vestirse se sienta frente al tocador, se observa un momento y desvía la mirada: tiene algunas espinillas en la nariz y ojeras violáceas, una ligera pelusa oscura le cubre el labio superior. Pone sus labiales uno detrás de otro y al final se decide por el púrpura. Si se da prisa, le dará tiempo de volver antes de que la madre despierte. Abre la boca y se lo pone rápido, saliéndose del contorno. Guarda silencio, aguza el oído y se relaja cuando oye los ronquidos débiles de la madre. Se calza los stilettos negros, toma una bolsa con ropa de repuesto y se mira al espejo por última vez. Le gustaría tener una amiga a la cual preguntarle cómo luce, si le queda mejor esta blusa o aquella. Le gustaría tener una amiga.

***

Es su primer día de clases de primaria y la niña regresa feliz. Le encantan sus veinticuatro lápices de colores y la bolsa morada en la cual los guarda. Además ya tiene mejor amiga, sólo se acercó, le dijo quieres ser mi amiga y ambas jugaron todo el recreo juntas. La niña le cuenta emocionada a la madre, que la mira atentamente. ¿Te acabaste toda la comida que te mandé?, ¿cerraste bien tu mochila?, ¿guardaste bien tus lápices?La niña responde que sí a todo y la madre la abraza y le da un beso en la mejilla. Ambas se ríen. Como no tiene tarea van al parque juntas y la madre le da varias monedas para que se suba a un helicóptero mecánico que sube y baja. Persiguen a las palomas que se amontonan frente al kiosco y les dan de comer alpiste. De vez en cuando la madre le recuerda a la niña que no se aleje, que no hable con extraños. Compran un globo de helio y chocolate caliente, luego pasan a una librería y juntas hojean libros con muchos dibujos. Regresan alrededor de las seis de la tarde, después de un baño se acuestan a dormir. La madre huele el cabello húmedo de la niña, la abraza para que no se aleje y cierra los ojos.

            Al día siguiente, la niña se pasa la tarde llorando. Su mejor amiga ya no es su mejor amiga. Cuando la saludó ni siquiera la volteó a ver. Durante el recreo le dijo que si jugaban y ella la ignoró. No funcionó ni cuando le ofreció parte de su comida, así que la niña se pasó el descanso sentada en las escaleras, comiendo en silencio y con la garganta apretada. La madre la consuela, le dice que pronto tendrá más amigos, que esa niña no vale la pena y que no llore. Le besa las mejillas y dice que nadie la va a querer nunca como la quiere ella. La niña asiente convencida. ¿Quieres ir al parque? La hija se seca las lágrimas y sonríe.

***

Una vez en la calle, Lidia se concentra en caminar lo mejor posible con los tacones de aguja a los que no está acostumbrada. De vez en cuando se le doblan los tobillos, pero no mira sus pies. Un hombre le chifla desde el otro lado de la acera. Camina por un buen rato y siente que las miradas se le quedan pegadas al cuerpo. Entra al hotel que visita todos los martes, se detiene un momento en la recepción y toma el elevador. Habitación 201. Kenia la espera desnuda. Desde el primer día acordaron hablar lo menos posible, así que Lidia entra sin saludar y se sienta al borde de la cama. La chica se sienta en sus piernas y le acomoda el cabello detrás de la oreja; es joven, más de quince años menor que Lidia. Kenia la besa y ambas terminan con la boca púrpura. La chica sonríe y baila para ella, Lidia la observa sin expresión. Kenia intenta besarla de nuevo pero ella se aparta. Tampoco se deja tocar. Se mira en el espejo y se da cuenta de que tiene labial en los dientes. Diez minutos después se levanta y se cambia de ropa, también se limpia los restos del labial de la cara. Deja el dinero sobre el buró y sale de la habitación antes de que Kenia tenga tiempo de vestirse.

***

Tenía dieciséis años cuando descubrió que tenía otro hoyo además del de la pipí y el ano. Se lo habían mencionado en la escuela pero no estaba segura de dónde estaba y cuando veía los esquemas del aparato reproductor femenino no reconocía su cuerpo en ellos. Sabía qué era la sangre que salía cada mes, pero nunca pensó de qué hoyo salía. La madre se lo explicó alguna vez, pero apresuradamente. Cuando Lidia descubrió una mancha marrón en sus calzones a los catorce, la madre sólo le dio una toalla y le dijo que no usara tampones porque eso era para mujeres que ya habían tenido hijos, aunque Lidia no sabía lo que eran los tampones. Habría querido preguntar más, pero sentía que había hecho enojar a su madre. Fue en el baño de mujeres de la escuela que escuchó una conversación entre sus compañeras. Ese mismo día se encerró en uno de los cubículos y hurgó entre sus piernas; olió sus dedos, jugó con la consistencia del flujo y lo probó. Luego descubrió que si se tocaba más arriba sentía un hormigueo en todo el cuerpo. Las siguientes dos semanas, cada que iba al baño se metía un dedo para comprobar que seguía ahí. Le gustaba sentirse por dentro, pero nunca se atrevió a hacerlo en su casa porque la madre se horrorizaría si lo supiera.

***

Al salir del hotel pasa por una panadería y se compra una bolsa de galletas de mantequilla, de ésas que la madre dice que no debería comer porque ya no es jovencita y cada vez se le nota más la celulitis. Camina arrastrando los pies y se dirige al parque. Hace años que no va. Se sienta en una de las bancas frente al kiosco, saca la bolsa de galletas y observa a las palomas. Sus ojos vidriosos no enfocan nada. Estaba decidida a dejarse llevar, a dejar que Kenia la tocara, pero se vio al espejo. Tenía labial en los dientes, la ropa ajustada, la carne saliéndosele por todos lados. Le compra una bolsita de alpiste a un vendedor y alimenta a las palomas toda la tarde. La madre la llama. Una, dos, tres, cuatro veces. Lidia se la imagina hiperventilando, pensando en llamar a la policía o pensando con qué mano la va a cachetear cuando vuelva. Decide volver una hora después de que ha oscurecido. En cuanto atraviesa la puerta de su casa, la madre le jala el cabello y le araña la cara. Cómo puede ser tan desconsiderada, qué tiene en la cabeza, por qué nunca contesta el teléfono, por qué trae la boca manchada, de dónde sacó ese maquillaje, con quién anduvo revolcándose.

Lidia no puede evitarlo y le contesta que está harta. La madre dice que sólo quiere lo mejor para ella, que si no se acuerda de cuando estaban todo el tiempo juntas, de cuando se cuidaban la una a la otra. Ya no te soporto. Malagradecida. Me voy a largar para no tener que aguantarte más. Sin mí no serías nadaLidia azota la puerta de su habitación, pero espera que la madre toque después de un rato y se reconcilien con un abrazo cariñoso. Una hora más tarde, la madre toca la puerta pero para decirle que ya está lista la cena.

Al día siguiente se viste lo mejor que puede. El desayuno la espera en la mesa como todos los días. No se despide de la madre. Cuando llega a la escuela observa a la multitud de estudiantes desgarbados y busca el salón donde va a dar su primera clase del día. Mientras sube las escaleras, la rebasan varias chicas que parlotean en voz muy alta y las sigue con la mirada. Al llegar a la puerta del salón suspira y entra, los hombros hacia atrás, la mirada altiva. Los estudiantes guardan silencio y se sientan. Lidia comienza su clase, les aclara que no va a tolerar faltas de respeto ni mediocridades; explica su plan de trabajo y establece claramente las reglas dentro del salón de clase. Le pide a un estudiante que está masticando chicle que se salga. Comienza a hablar y a hablar; le da calor, se quita el saco y lo pone sobre el escritorio. Después de un rato escucha murmullos. Se voltea y observa furiosa a los estudiantes, que desvían la mirada. Vuelve a escribir en el pizarrón y escucha murmullos de nuevo, luego risitas ahogadas que terminan por ser carcajadas. Sólo ha transcurrido una hora de clase. Lidia pide silencio, pero no la escuchan. Observa al grupo y siente que su corazón late tan fuerte que sus alumnos pueden notarlo a través de su blusa blanca. Apenas puede contener las ganas de gritarles que se callen, que son unos estúpidos.

Siente las miradas de los cincuenta chicos sobre ella. No distingue lo que dicen pero reconoce algunas palabras. Siente las mejillas al rojo vivo, las burlas resuenan en sus oídos durante el resto de la clase. Lidia deja tarea y les pide a sus alumnos que tomen nota porque no va a repetir las instrucciones. Más murmullos, más risitas. Cuando termina la clase toma sus cosas y camina lentamente hacia la puerta del salón, con la barbilla en alto. Alcanza a ver de reojo a los grupitos de alumnos que se reúnen para cuchichear. Le toma cerca de diez minutos encontrar el baño de mujeres. Las luces blancas e intensas del tocador hacen que su piel se vea más arrugada de lo que está. Se mira y siente que la cara le hierve de vergüenza. A contraluz su blusa blanca transparenta el sostén beige y los rollos de carne que se forman en su cintura. Bajo sus brazos, dos manchas amarillentas empapan la tela que cubre sus axilas. Le empiezan a arder los ojos. Baja las escaleras lo más rápido que puede y sale de la escuela. Comienza a caminar, sabe perfectamente a dónde tiene que ir. Va a casa. La madre la espera. EP

 

 

Ghada E. Martínez estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Actualmente reseña libros para SinEmbargo y forma parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de una colección de cuentos titulada Sapos en la lluvia.

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