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Pizza y yoghurt: Maneras de conocer a alguien  

Alaíde Ventura Medina | 10.06.2019
Pizza y yoghurt: Maneras de conocer a alguien  
Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP

La luna sobre el desierto del Pinacate es la más grande que he visto en mi vida.

A ratos, al evocar este recuerdo, me invade la duda de si aquella esfera gigante, blanca y luminosa, era en realidad la luna y no otro cuerpo celeste.

Era la luna. ¿Qué otra cosa pudo haber sido?, dice Samuel.

Qué se yo. El sol o un meteorito.

Quisiera haber dedicado a la astronomía la mitad del tiempo que he dedicado a la astrología. Astrología: Ver los caballeros del Zodiaco en TV7. También quisiera haber puesto a funcionar aquel telescopio que me regalaron cuando cumplí quince años. Nunca logré ver nada por la mirilla y tampoco encontré la voluntad suficiente para pedirle a alguien que me ayudara a ubicar la imagen. Me quedaré con la duda de si el artilugio estaba roto o si, en cambio, fue mi vista la que falló.

A lo largo de mi vida me han interesado muchos temas, pero no he logrado volverme especialista en nada. Enfocar. Honrosas excepciones: Luis Miguel y Seinfeld, y eso sería todo. Tal vez por eso soy tan fácil de impresionar. Admiro a los expertos, a la gente capaz de citar libros de memoria. Me parecen seres de otro mundo. Genios.

Acostumbro amar lo que más envidio. Es mi manera de apropiármelo. Lo considero un avance, tomando en cuenta que antes acostumbraba odiarlo.

*

Veinte horas más tarde, esta vez rumbo a Tepic, de nuevo la luna parece brillar más fuerte que nunca. El mismo astro que una noche estuvo al máximo, a la siguiente se supera a sí mismo. No entiendo el universo. No es metáfora.

Samuel y yo llevamos diez días recorriendo el norte del país, tras una escala veloz en California para comer pastelitos con un par de señoras muy amadas. Yo, que no conocía más mundo que Tlaxcala, ahora salto entre capitales y grandes ciudades igual que las estrellas del radio cuando salen a su primera gira: Tijuana, Ensenada, Mexicali, Hermosillo, Culiacán.

Durante diez días no ha habido silencio en el automóvil. Cuando no suena mi voz, suena la suya. Un set de tenis que dura una buena cantidad de golpes, si es ejecutado con gracia y toque fino, no se percibe como una derrota para el perdedor. Así puede ser una conversación, e incluso una pelea. Algo más cercano a una danza que a una competencia.

Diez días de conversación sin descanso y de pronto una pregunta me descoloca:

Oye, Ala, ¿y por qué nunca aprendiste a bailar?

 *

No recuerdo quién dijo que, aparte del sexo, no hay otra actividad que te conecte tan profundamente con otra persona como conversar. Vuelvo a envidiar a los citadores profesionales. ¿Será Vivian Gornick la autora de esa frase?

Desearía que no fuera ella, pues no quisiera contradecirla. Es verdad que conversar es una manera eficaz de conectar con alguien, pero yo me formé en la Antropología y no concedo que sea mediante entrevistas que obtengamos la totalidad de la información. Me inclino por la observación atenta y el contraste: lo que se dijo y lo que se omitió, lo que se articuló con palabras y lo que se quedó flotando en la escena, confundido con utilería o mala decoración.

No logro quedarme tan solo con las palabras y por este motivo puedo llegar a ser mala pareja. ¿Para qué quieres saber eso? ¿Qué es lo que no me estás diciendo?

Nunca nadie me enseñó, respondo, omitiendo la mitad de mi historia.

Dice Samuel que bailar también es una excelente manera de conocer a alguien.

 *

La luna de Veracruz no es tan grande como la del desierto, pero Agustín Lara decía que era de plata. Luna de belleza discreta, que deslumbra en contadas ocasiones, apenas las necesarias. Los veracruzanos somos gente de amaneceres. No acostumbramos ver puestas de sol.

Fue bajo esta misma luna que yo pasé largas horas ejercitando el arte de la observación. A los siete años, sentada en los sillones de casa de tía Lucía, miraba, periférica, a los adultos que daban giros y volteretas al ritmo de la Fania All-Stars. Tía Teté con tacón alto y tía Rocío con tacón medio. Mi prima Misol, descalza.

Hasta mi abuela, que abandonó por completo el desparpajo jarocho y adoptó con honores los modales sobrios de la capital, se permitía dos o tres canciones en aquellas fiestas legendarias de casa de tía Lucía. Nezahualcóyotl 2940, un lugar al que hoy solo se puede volver en Google Maps.

Ven a bailar, chamaca.

Todavía puedo escuchar la voz de mi tía.

Pero la chamaca, yo, optaba siempre por el sillón. Temerosa de mi cuerpo y de la torpeza de sus movimientos, me sentía segura en aquellas poltronas de nogal. Disfrutaba el espectáculo a mi manera, dejando que los expertos hicieran su magia. Tío Víctor con las caderas hasta el suelo, y los demás rodeándolo, en una versión tropical y pagana del Beltane, danza alrededor del fuego.

Acorazada en mi refugio de madera, yo evitaba las miradas y despachaba a los parientes que no dejaban de invitarme a la pista.

No me gusta bailar, insistía, ocultando a medias la realidad, que era, por supuesto, más dolorosa.

No me gusta no saber bailar.

No me gusta hacer el ridículo.

 *

 

Dice un tuit que no terminas de conocer a una persona sino hasta que se va. Yo diría que también la conoces por la manera en la que llega.

Samuel se puso de pie con el primer acorde y me invitó a bailar. La cantina no tenía pista, nosotros la hicimos. Una aventura es más bonita. Yo repetí el chiste de siempre: Una Ventura es más bonita. Estaba nerviosa y se me atoraron los pies al intentar dar un giro, pero mentí y le dije que estaba demasiado borracha. 

*

Me pregunto si es posible especializarse en alguien, igual que en cualquier otro tema, de una manera no biográfica sino intuitiva. Por ejemplo, ¿qué tal en mí misma? Experta en mis recuerdos de infancia. Especialista en pretextos, en ocultar miedos y ensalzar virtudes. Experta en amores tristes, en pérdidas, en adioses, en maneras de llorar.

Las preguntas que todavía me descolocan son aquellas que yo misma me hago y para las cuales no he obtenido respuesta. ¿Por qué no sabes bailar, Alaíde?

Y: ¿De verdad no sabes bailar?

(Porque, si no sabes, entonces ¿qué es eso que ejecutas cuando crees que nadie te está viendo, cuando en la cocina solo quedan tú, el perro, el gato y el estéreo, y el trombón de Willie Colón resuena en mitad de la Narvarte, y tus pies se mueven y no se enredan, y te sientes libre y al mismo tiempo arrepentida de no tomarte las cosas en serio?).

A lo mejor Samuel tiene razón y bailar es la manera definitiva de conocer a alguien.

La niña que se queda en el sillón está mandando un mensaje: No quiero que me conozcan, no les va a gustar quien soy yo. Es un mantra repetido durante veinte años. Este será mi secreto, lo único que guardo. He regalado todo lo demás.

 *

El baile podría ser la culminación de esta embriagadora conversación interminable, de esta fiesta de dos expertos en sí mismos que decidieron por un ratito ser expertos en el otro.

Tras el baile, solo quedaría la despedida: descubrir cómo nos vamos. ¿Apagas tú la luz o la apago yo? Si salimos de la pista, ¿cuál será nuestra manera de decir adiós?

Prefiero el suspenso.

Mientras quede pendiente un baile, habrá más lunas para nosotros.